
Miércoles 12 de agosto de 2026 - 20.07 horas
En el marco del Día del Niño, que se conmemora el próximo 16 de agosto, profesional de salud mental insta a las familias a promover una infancia con mayor presencia, juego, movimiento y vínculos cara a cara, sin dejar de lado el uso responsable de la tecnología. La Lic. Liz Aguiar, jefa del Área de Psicología del Hospital de Especialidades Quirúrgicas, señala que el desarrollo emocional de niños y adolescentes requiere tiempo compartido, afecto, límites, oportunidades de interacción y experiencias reales.
Durante los primeros años de vida, los niños descubren el entorno mediante los sentidos, el movimiento y el vínculo con sus cuidadores. Posteriormente, el juego simbólico, la interacción con pares y las actividades compartidas contribuyen al desarrollo de la imaginación, el lenguaje, la autonomía y las habilidades sociales. Aprender a esperar, perder, equivocarse, resolver conflictos o atravesar momentos de aburrimiento también forma parte del crecimiento y favorece la paciencia, la creatividad y la regulación emocional.
Aguiar destaca el valor del juego al aire libre, que favorece el movimiento, la coordinación, la autonomía, la exploración y el contacto con la naturaleza. Estas actividades generan además oportunidades para comunicarse, compartir, negociar reglas, afrontar desacuerdos y relacionarse con otras personas. No es necesario contar con juguetes costosos: una pelota, una caminata, una plaza, una ronda o simplemente tiempo libre pueden convertirse en espacios de aprendizaje y desarrollo.
Respecto al uso de celulares y redes sociales, la especialista señala que su relación con la salud mental es compleja y que no corresponde afirmar que el celular, por sí solo, cause ansiedad o depresión. Sin embargo, advierte que el uso intensivo o problemático puede aumentar determinados riesgos cuando desplaza actividades esenciales como dormir, jugar, estudiar, realizar actividad física, conversar y mantener vínculos presenciales.
Por ello, más que concentrarse únicamente en la cantidad de horas frente a una pantalla, recomienda observar qué actividades está desplazando, qué contenidos consume el niño, con qué finalidad utiliza el dispositivo y cómo se siente después. También es importante diferenciar entre un uso frecuente y un uso problemático, que implica pérdida de control y consecuencias concretas en el sueño, el estudio, la convivencia, el estado de ánimo o las actividades cotidianas.
Entre las medidas que pueden implementar las familias se encuentran establecer momentos cotidianos sin pantallas, proteger el descanso nocturno, mantener los dispositivos fuera de los dormitorios, promover actividades físicas y encuentros presenciales, permitir espacios de aburrimiento y acompañar a los niños en la selección de contenidos digitales. También se recomienda establecer acuerdos de acuerdo con la edad y las necesidades de cada niño, así como revisar los propios hábitos de los adultos, ya que el ejemplo familiar forma parte del aprendizaje.
Una alternativa práctica es realizar durante una semana un registro sencillo de cuándo se utilizan las pantallas, para qué y qué actividades están siendo desplazadas. A partir de esa observación pueden establecerse reglas claras y sostenibles, como mantener las comidas sin celulares, desactivar notificaciones innecesarias, establecer una rutina nocturna sin pantallas y reservar diariamente un espacio para el movimiento, el juego y la conversación.
La dificultad persistente para detener el uso de dispositivos, la irritabilidad intensa ante la falta de acceso, el aislamiento, la pérdida de interés por actividades que antes resultaban agradables, las alteraciones del sueño, el descenso significativo del rendimiento o los cambios sostenidos del estado de ánimo son señales que merecen atención. Estas situaciones no constituyen por sí solas un diagnóstico, pero si persisten o interfieren con la vida cotidiana, es recomendable conversar con el niño y buscar orientación de profesionales de salud mental o pediatría.
La tecnología forma parte de la vida cotidiana y seguirá teniendo un papel importante en el futuro. El desafío es acompañar a niños y adolescentes para que puedan utilizarla de manera equilibrada, sin que reemplace experiencias fundamentales para su desarrollo, como conversar, jugar, realizar actividad física, compartir con amigos y contar con adultos disponibles para escuchar y acompañar.

