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El estrés: ese enemigo silencioso que normalizamos

 


Vivimos en una cultura que aplaude el cansancio. Que premia el exceso de trabajo. Que romantiza el “no parar”. Hay historias que no deberían repetirse, pero se repiten: personas brillantes, responsables y comprometidas que “pueden con todo”. 


Personas que postergan el descanso, que comen rápido o mal, que viven en automático hasta que un día el cuerpo habla. La Lic. Liz Aguiar, psicóloga del Hospital IPS Ingavi, advierte sobre cómo ciertos hábitos cotidianos, como el uso excesivo del teléfono móvil o algunos patrones de alimentación, pueden repercutir de forma sostenida sobre el sistema nervioso. Pero el cuerpo no entiende de exigencias sociales. 

El cuerpo entiende de equilibrio. Cuando una persona vive bajo estrés constante, su organismo entra en un estado de alerta permanente. Esto implica una liberación sostenida de cortisol, la hormona del estrés. 

¿Cuál es el problema?
Aguiar menciona que el cortisol, en exceso, deja de ser protector y empieza a ser dañino. El impacto del estrés no es solo emocional, señala la psicóloga. Es profundamente biológico. El estrés crónico puede debilitar el sistema inmunológico, aumentar la inflamación en el cuerpo, alterar el sueño y, sin sueño, no hay reparación celular. También desregula hormonas, aumenta la ansiedad y la depresión, genera problemas digestivos, favorece enfermedades cardiovasculares y disminuye la capacidad del cuerpo para defenderse ante enfermedades. 

El cuerpo no se enferma “de la nada”. Muchas veces, viene avisando hace tiempo. Nuestro sistema inmunológico es como un ejército. Pero incluso el mejor ejército necesita descanso, nutrición y equilibrio. 

Cuando vivimos en modo “supervivencia”, las defensas bajan, el organismo se inflama y se pierde la capacidad de responder adecuadamente. 

Y ahí es donde el cuerpo se vuelve más vulnerable. No es que el estrés cause directamente una enfermedad específica, pero sí puede ser un factor que debilite el terreno donde esa enfermedad aparece o reaparece .El cuerpo habla antes de colapsar. Pero muchas veces elegimos no escuchar. 

Algunas señales frecuentes son el cansancio constante, la irritabilidad, la dificultad para dormir, los dolores de cabeza o musculares, los problemas digestivos, la falta de concentración y la sensación de estar “al límite”. Y aun así seguimos. Porque “hay que cumplir”. Porque “no podemos parar”. Porque “ya va a pasar”. Pero no pasa. Se acumula. No somos máquinas. Trabajar sin descanso no es compromiso, es desgaste. Postergarse constantemente no es responsabilidad, es descuido. El equilibrio no es un lujo. Es una necesidad biológica.

El cuerpo no traiciona. Advierte. Y aprender a escucharlo puede cambiarlo todo. Dormir bien no es opcional. Comer mejor no es un detalle. Hacer pausas no es perder tiempo. Decir “no” también es autocuidado. 

No se trata de hacer todo perfecto. Se trata de empezar. Algunas recomendaciones reales y sostenibles son priorizar el descanso con 7 a 8 horas de sueño, establecer pausas durante el día, alimentarse de forma más consciente, realizar actividad física aunque sea caminar, aprender a delegar, reducir la autoexigencia extrema, buscar espacios de disfrute, hablar de lo que nos pasa y pedir ayuda cuando sea necesario. Y algo clave: no esperar a estar mal para empezar a cuidarse. A veces, el cuerpo se enferma cuando la vida que llevamos también necesita cambiar. Aguiar enfatiza que lo importante es  entender que la salud no es solo ausencia de enfermedad, sino equilibrio físico, emocional y mental. Porque al final, ningún logro vale más que tu bienestar.